//Durruti contado por García Márquez

Durruti contado por García Márquez

El escritor colombiano abordó la figura del anarquista leonés en el cuento ‘María dos Prazeres’. Algunos consideran que la obra cumbre del Nobel colombiano gabriel garcía Márquez fue un pequeño cuento dedicado al anarquista leonés buenaventura durruti.

Editado en España a principios de la década de los noventa del pasado siglo el libro Doce cuentos peregrinos del Nobel colombiano Gabriel García Márquez, algunos afirmaron que la cumbre de su obra literaria no era ninguna de sus novelas más conocidas, sino un pequeño cuento aparecido en el libro citado. Opiniones para todos los gustos. Lo cierto es que esta, trasladada al escritor por uno de sus amigos, venía a confirmar la obsesión de García Márquez de que su obra siempre fuese comparada con Cien años de soledad, en un contraste que, por supuesto, no hace justicia a la globalidad de su creación literaria. Muy recientemente, y en una edición primorosa, Random House ha seleccionado seis cuentos.

No son infrecuentes las colecciones de cuentos de autores clásicos agrupados bajo criterios de diversa índole, sean temáticos, estructurales, vertebrados en torno a un hilo conductor o sometidos a la mirada artística de quien los ilustra. En este caso, media docena de relatos sorprendentes y mágicos de los más notables de su producción, provenientes de las colecciones publicadas en 1962, 1972 y 1992. En todos ellos la presencia de algún niño o en los que aparecen circunstancias o personajes de novelas anteriores o la influencia de las novelas de aventuras que tanta presencia tienen en su obra, cuyo conjunto forma un universo particular, único y compacto. Añádase en esta ocasión concreta las primorosas y abundantes ilustraciones a todo color firmadas por Carme Solé Vendrell, reconocida artista en todos los ámbitos del sector, que fue distinguida con el Premio Nacional de Ilustración y que «tiene el honor –leemos- de ser la única persona que dio vida a los cuentos de García Márquez con el permiso del autor».

Pues bien. En esta selección también aparece el pequeño cuento que algunos consideraron –no entro en valoraciones, por supuesto, que no comparto- la cumbre de su obra literaria. Se titula María dos Prazeres. La nueva lectura ha reavivado las notas que tomé en su momento y que no tienen más pretensiones que rememorar la presencia en este cuento del mítico leonés Buenaventura Durruti. Cada cual hará después su propia lectura, que de eso se trata. A mí se me antoja un relato en que a la historia se suman la crítica, la ironía, la ternura –sobre todo el final, porque «había valido la pena esperar tantos y tantos años»- y el homenaje. Homenaje a Buenaventura Durruti, que, junto a Ángel Pestaña y Diego Abad de Santillán, conforman el trío libertario leonés. «Ningún leonés de cualquier época –escribe Ernesto Escapa refiriéndose a Durruti- ha merecido la fascinación de escritores tan importantes». Sería prolija la enumeración, pero interesante sin duda.

Setenta y seis años tiene la protagonista en el momento de la narración. María dos Prazeres, que da su nombre al título del cuento y que «había recibido a tantos hombres a cualquier hora», es una prostituta brasileña que vive en Barcelona y que estaba segura de que iba a morir antes de Navidad. El destino, siempre imprevisible, fue otro. «Soy puta, hijo. ¿O es que no se nota?», le dice al hombre de la agencia funeraria con el que había concertado una cita en su casa para comprar una tumba «con cuotas anticipadas», puesto que «tres meses antes había tenido en sueños la revelación de que iba a morir».

Y había elegido Montjuïc «para descansar en paz», en un lugar «donde nunca lleguen las aguas», que me «entierren acostada sobre todo –«circulaba el rumor de que se estaban haciendo enterramientos verticales para economizar espacio»- y, «si es posible a la sombra de los árboles en verano, y donde no me vayan a sacar después de cierto tiempo para tirarme a la basura». Exigencias del pago al contado.

«Ella se orientó en el tablero de colores hasta encontrar la entrada principal –es la primera referencia explícita del relato a nuestro personaje-, donde estaban las tres tumbas contiguas, idénticas y sin nombres donde yacían Buenaventura Durruti y otros dos dirigentes anarquistas muertos en la Guerra Civil. Todas las noches alguien escribía los nombres sobre las lápidas en blanco. Los escribían con lápiz, con pintura, con carbón, con crayón de cejas o esmalte de uñas, con todas sus letras y en el orden correcto, y todas las mañanas los celadores los borraban para que nadie supiera quién era quién bajo los mármoles mudos. María dos Prazeres había asistido al entierro de Durruti, el más triste y tumultuoso de cuantos hubo jamás en Barcelona, y quería reposar cerca de su tumba. Pero no había ninguna disponible en el vasto panteón sobrepoblado».

Aunque hay aún pasajes oscuros sobre algunos aspectos biográficos del leonés, no menos sobre su muerte no del todo aclarada, lo que sí se sabe es quiénes son los propietarios de esas sepulturas anónimas del relato, reconocidos de forma fehaciente y cuyos nombres llevó, entre otros, Chicho Sánchez Ferlosio a una canción, de la que reproduzco un breve texto: «Buenaventura Durruti, / Ascaso y García Oliver: / Tres hojas de trébol negro / contra el viento del Poder».

Con un generoso reportaje gráfico, más llamativo aún por las fechas, La Vanguardia (24 de noviembre de 1936) corrobora la masiva asistencia al entierro. Leemos en el periódico barcelonés: «Una multitud inmensa desfiló, durante muy cerca de seis horas, acompañando los restos del heroico Buenaventura Durruti, muerto en el frente del Centro. El duelo estuvo presidido por el Presidente de Cataluña y, como representante del Gobierno de la República, por el Ministro de Justicia, García Oliver».

Lo cierto es que María dos Prazeres «después de la visita del vendedor de entierros terminó por convertirse en uno más de los numerosos visitantes dominicales del cementerio. Al igual que sus vecinos de tumba sembró flores de cuatro estaciones en los canteros, regaba el césped recién nacido y lo igualaba con tijeras de podar hasta dejarlo como las alfombras de la alcaldía, y se familiarizó tanto con el lugar que terminó por no entender cómo fue que al principio le pareció tan desolado». Las razones se fueron fortaleciendo y concretando, tal como se narra en el párrafo siguiente: «En su primera visita, el corazón le había dado un salto cuando vio junto al portal las tres tumbas sin nombres, pero no se detuvo siquiera a mirarlas, porque a pocos pasos de ella estaba el vigilante insomne. Pero el tercer domingo aprovechó un descuido para cumplir uno más de sus grandes sueños, y con el carmín de labios escribió en la primera lápida lavada por la lluvia: Durruti. Desde entonces, siempre que pudo volvió a hacerlo, a veces en una tumba, en dos o en las tres, y siempre con el pulso firme y el corazón alborotado por la nostalgia». Uno de esos días en que ejerció el rito tantas veces repetido, una tarde fría de noviembre, se desató una tormenta al salir del cementerio. «Había escrito –leemos en el relato- los nombres en las tres lápidas y bajaba a pie hacia la estación de autobuses cuando quedó empapada por completo por las primeras ráfagas de lluvia». Lo que no sabía en aquel momento María dos Prazeres era que muy poco tiempo después su vida cambiaría de rumbo y que había merecido la pena «haber sufrido tanto en la oscuridad, aunque solo hubiera sido para vivir aquel instante».

Reavivar personajes y textos literarios de altura, más cuando se dan la mano, como es el caso, en un cuento, tiene una doble ventaja al menos: recordar y valorar en su medida al personaje en cuestión y disfrutar del alto nivel de la literatura pensada y escrita por García Márquez en esta ocasión.?